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Published: Thursday, 29 January 2009

jesus medit

 

J. J. Benítez, que firme una publicación de varios volúmenes llamada “Operación Caballo de Troya”, dice lo siguiente en relación al mismo:

        “Muchas personas, después que leyeron los volúmenes de Operación caballo de Troya, me hacen la misma pregunta:
 
        ´Pero es Verdad? Todo esto es creíble?`
 
       Y me veo obligado a repetir la única cosa que sé: que esos documentos existen y que − aunque algunos participan en la confirmación del contrario, mi imaginación no es tan grande.
 
        Desafío quien desee establecer una ´Vida de Cristo` tan rica de lógica, audacia y belleza. No es tan sencillo inventar discursos de Jesús de Nazaret (...) o aquellos treinta y dos años que los creyentes describen como ´vida oculta`. Inventar a ellos, por supuesto, con datos, nombres, acontecimientos y circunstancias creíbles.
 
        (...) En suma – y yo nunca me cansaré de insistir en esto − es el corazón del lector que debe ´sentir` si estas narraciones sobre Jesús son o no creíbles. Cada uno que, por lo tanto, en el más íntimo de su ser, juzgue y decida de acuerdo con los dictamens de su conciencia. Esta nunca se engaña..."
 
        Caballo de Troya es el nombre de una operación secreta de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos que en 1973 situó a dos astronautas en el año 30 de nuestra era. Un viaje al pasado, a la Palestina (Israel) de Jesús de Nazaret, para comprobar con rigor científico este evento que ha estructurado las bases de las diferentes civilizaciones de nuestro planeta y quebranta a estas hasta nuestros días en particular en el mundo dijo occidental.
 
        Entre los diversos objetivos de la misión se destacaba el estudio en profundidad, con medios de tecnología también secretos, el cuerpo de gloria del crucificado que ha resucitado al tercer día y la naturaleza del hombre que estaba detrás de él.
 
        El episodio que aquí si junta fue retirado del libro Operación Caballo de Troya III, de las páginas 278-289, publicado por la editora Planeta en 2002; se trata del período inmediato a la crucifixión del avatar de Galilea cuando este aparecera a los dos viajeros del tiempo, con su cuerpo ressurecto, en el monte de la bienaventuranzas.
 
 
 
 
        “(...) A media docena de pasos del Resucitado nos detuvimos. Nada había variado en su aspecto exterior. Sus profundos ojos color miel estaban fijos en los de mi hermano. Le vimos dibujar una lenta y comprensiva sonrisa y, sin mediar palabra, avanzó hacia nosotros. Eliseo se estremeció. Pero, deslumbrado ante la majestuosa y serena lámina de aquel Hombre, no se movió. Y el Maestro, haciéndose con el filo de su manga izquierda, levantó la mano, enjugando el sudor que empañaba la frente y sienes de mi desconcertado amigo. La emoción y el agradecimiento corrieron por mis entrañas a la misma velocidad supongo que por las de Eliseo. Y, volviéndose hacia mí, comentó en un tono de cálido reproche:
 
        − Sólo nuestro Padre, Jasón, es lo más sublime...
 
        Y dando media vuelta fue a sentarse sobre la hierba, de cara a la lejana Nahum. Nos miramos. Eliseo, sin poder creer lo que acababa de escuchar. Quien esto escribe, permanentemente desconcertado ante el poder de aquel Ser. Y llamándonos por nuestros verdaderos nombres, nos invitó a que nos sentáramos a su lado. Obedecí al punto. Mi hermano, en cambio, mudo y tembloroso, siguió en pie. Sus ojos estaban prendidos en* las matas de hierba recién aplastadas por el rabí. Y Jesús, repitiendo la invitación con ambas manos, abordó sus pensamientos:
 
        − Los espíritus, si eso es lo que crees que soy, no aplastan la hierba. También tú... − aquí aparece el verdadero nombre de Eliseo − debes aprender a confiar. Y en verdad os digo que llegará el día en que no dudaréis y, al igual que mis embajadores de hoy, también vosotros (de otra manera y en otro tiempo y lugar) proclamaréis la buena nueva del reino.
 
        − ¿Nosotros?
 
        El Maestro, y no digamos yo, se alegró al oír la voz de mi compañero. Con cierto recelo terminó por acomodarse a mi izquierda. Jesús nos contempló como se hace con un par de niños ansiosos por aprender.
 
        − ¿Por qué creéis que estáis aquí?
 
        La cuestión planteada por el Maestro parecía obvia. Su interpretación, sin embargo, no lo fue tanto.
 
        − ...Yo os digo que, en los universos de nuestro Padre, nada que concierna al dominio del espíritu queda esclavizado por el azar. Todo es obra del amor, de la sabiduría y de la misericordia.
 
        − No te comprendemos, Señor.
 
        − No tardaréis en hacerlo...
 
        El Resucitado marcó con sus ojos la posición de la ´cuna`. Eliseo y yo volvimos a mirarnos, desarmados.
 
        − Cuando seáis devueltos al mundo y al momento de donde procedéis, una sola realidad brillará en vuestros corazones: enseñad a vuestros semejantes, a todos, cuanto habéis visto, oído y experimentado a mi lado. Sé que, a vuestra manera, terminaréis por confiar en mí. Sé también que no teméis a los hombres, ni a lo que puedan representar, y que proclamaréis mi Verdad. Y otros muchos, gracias a vuestro esfuerzo y sacrificio, recibirán la luz de mi promesa.
 
        Al escucharle tuve la nítida sensación de que sabía lo de nuestro proyec-tado tercer ´salto` en el tiempo. Pero entiendo que debo ser fiel a los acontecimientos y a mí mismo. En aquellos momentos, oyendo sus serenas y también ´proféticas` palabras, caí de nuevo en la tentación de la duda. Lo sé. Estaba ante mí. Su cuerpo, bañado por el sol, proyectaba la natural y correspondiente sombra. Ocupaba un volumen en el espacio. Bajo su peso, las flores y la vegetación se habían doblegado. Lo sé: todo parecía normal. Sin embargo, no lo era. No podía serlo. Aquel ´cuerpo`, como en ocasiones precedentes, había surgido de la ´nada`. Y esto, científica y racionalmente, era poco menos que imposible. Mis pensamientos, atenazados por semejante incertidumbre, se negaban a prosperar. Tenía que hallar una explicación. ¿Cómo podía aparecer y desaparecer a voluntad y en centésimas de segundo? La física moderna − también lo sé − ha conseguido crear (?) materia a partir de la energía. 1 Y aunque esas cantidades sean minúsculas, el camino es prometedor. ¿Significaba esto que ´alguien`, en alguna parte, seguía el mismo proceso a la hora de ´formar` el cuerpo que teníamos delante? Me cuesta trabajo aceptarlo. La energía mínima necesaria para que surjan un par de elementales partículas es dos veces la masa en reposo de tales partículas, por la velocidad de la luz al cuadrado. (En otras palabras: 1.02 MeV o 106 electrón-voltios.) El gasto energético, en definitiva, tratándose no ya de un par de partículas, sino de todo un cuerpo, resultaría tan brutal que –insisto −, desde ´nuestra` física, es inconcebible. Tenía que haber otra fórmula. Pero ¿cuál?
 
        Jesús aguardó a que mis torturadas reflexiones llegaran al inevitable callejón sin salida en el que me encontraba. Me observó con atención y yo, cayendo en la cuenta, me sonrojé como un párvulo. Intenté excusarme. ¡Qué absurdo! ¿Por qué justificarse ante un Ser que ´lee` los pensamientos y que, sobre todo, es capaz de una infinita comprensión?
 
        Movió la cabeza, como si un servidor no tuviera arreglo. Acertó. Pero, condescendiente, alivió en parte mi testarudez:
 
        − ¿Por qué te atormentas?
 
        Eliseo, que lógicamente no podía saber de las dudas que me asaltaban en aquellos instantes, me hizo una señal con la cabeza, pidiendo una aclaración. No me atreví ni a respirar.
 
        − Ten fe. Ya te lo dije: también las criaturas a mi servicio tienen un ´código` − subrayó esta palabra − que, como vosotros, no pueden profanar. Recuerda mis palabras a Lázaro:

        ´Hijo mío, lo que te ha sucedido, ocurrirá igual a todos aquellos que crean en el evangelio, pero resucitarán bajo una forma más gloriosa. ¡Yo soy la resurrección... y la VIDA!`
 
        Esto que veis y que podéis tocar  − Jesús extendió las palmas de sus manos − no es fruto de fantasías ni de milagros. ¡Miradlo bien! Es una de las formas que disfruta toda criatura mortal de los mundos del tiempo y del espacio, una vez venci-do el sueño de la muerte...
 
        Mi hermano hiló rápido y, con su envidiable espontaneidad, le interrumpió:
 
        − Puedo ... ?
 
        El Resucitado, como si esperase la pregunta, desvió su mano derecha − la más próxima a Eliseo −, invitándole a que comprobase. No sé si volví a ruborizarme. Yo hubiera sido incapaz de semejante audacia. Pero aquel ingeniero en telecomunicaciones y experto en computadoras era una caja de sorpresas. Se arrodilló frente al Maestro y, tomando la mano entre las suyas, presionó, palpó, acarició, olfateó sin el menor pudor y, ante la divertida expresión del Hombre, buscó el pulso. A los dos minutos, pálido como un muerto − quizá más muerto que vivo −, se enfrentó a la mirada del Resucitado. Le vi fruncir el entrecejo, como buscando una explicación. Lamentablemente, no la había. Mejor dicho, tenía que haberla, aunque no estaba al alcance de nuestras pobres y limitadas mentes. Una ´explicación` que no lastimaba las leyes universales de la física y que, sin embargo, desconocíamos. Fue toda una lección de humildad para la engreída Ciencia que creía-mos representar.
 
        De pronto, sin palabras − ¡qué necesidad había de ellas! −, mi compañero se inclinó, besando los nudillos de la mano que retenía y que acababa de explorar. Fue instantáneo. Y debo anotarlo, por lo que fue y por lo que representa. Los ojos de Jesús se humedecieron. ¡Dios santo! Aquel Ser era capaz de emocionarse. Ahora, esta deducción me parece ridícula.
 
        − ¿Satisfecho?
 
        Eliseo, perplejo, se dejó caer sobre la hierba. Y por toda respuesta negó con la cabeza. Al punto, supongo que por pura cortesía, rectificó, asintiendo en silencio.
 
        − No os extrañéis − reanudó su exposición − si advertís que esta forma carnal poco o nada tiene que ver con lo que conocéis. Allí donde sois devueltos a la verdadera vida, las limitaciones que os acosan aquí abajo no tienen sentido. Allí sentiréis otra clase de hambre. Otra clase de sed. Otra clase de sentimientos y necesidades. Os lo repito: no os atormentéis. Ahora es muy difícil que el hombre mortal pueda alcanzar las estrellas. Debe bastaros saber que están ahí y que, en su momento, no sólo las estrellas formarán parte de vuestro conocimiento. La «carrera» hacia el Padre Universal es prodigiosamente reveladora. Nada quedará oculto. No olvidéis que vuestros conocimientos son finitos y que toda comprensión, por parte de las criaturas mortales, es relativa. Cualquier información, incluso la que procede de fuentes elevadas, sólo es relativamente completa, localmente exacta y personalmente verdadera. Sólo eso. Los hechos físicos pueden ser uniformes, pero la verdad es una realidad viva y flexible en la filosofía del universo. Las personas que evolucionan como vosotros lo estáis haciendo ahora sólo son parcialmente sabias y relativamente verídicas en sus mensajes. Sólo pueden tener certidumbre en los límites de su experiencia personal. Algo que puede parecer cierto en un lugar, puede ser relativamente verdadero en otro segmento de la creación. La verdad divina, la verdad final, es uniforme y universal. La historia de las criaturas espirituales, tal y como es contada por numerosas individualidades originarias de esferas diversas, puede cambiar a veces en los detalles. Esto obedece a la relatividad en la plenitud de sus conocimientos y de su experiencia personal, así como a la extensión y amplitud de esa experiencia...
 
        − Me parece que te contradices, Señor..
 
        La irrupción de Eliseo me dejó atónito.
 
        − La vida y las vicisitudes de los seres humanos − argumentó con frialdad se oponen a esa idea de la soberanía universal de Dios...
 
        El Maestro aceptó el reto con deportividad.
 
        − El plan de nuestro Padre es fruto de¡ amor y, en consecuencia, perfecto. Y hasta tal punto es así que las criaturas evolutivas, como vosotros, se ven necesariamente asaltadas por toda suerte de contingencias, sólo en razón de su beneficio.
 
        − Contingencias? − replicó mi hermano con amargura − Yo empleaia un término más duro.
 
        Y antes de que el rabí abriera nuevamente la boca, le espetó inmisericorde:
 
        − ¿Qué me dices de la desesperanza, de la mentira, de la injusticia?...
 
        El Maestro alzó sus manos, rogándole calma.
 
        − Veamos: ¿la esperanza es deseable?
 
        Asentimos en unísono.
 
        − Pues bien, entonces es necesario que la existencia humana aparezca permanentemente enfrentada a la incertidumbre y a la inseguridad.
 
        − ¿Y qué nos dices de la mentira?
 
        − Decidme: ¿es bueno el amor a la verdad?
 
        No esperó nuestra respuesta. Era obvia.
 
        − ...En ese caso, es preciso que el hombre crezca en un mundo donde el error esté presente y la falsedad sea una cotidiana compañera.
 
        − ¿Qué puedes decir ante la decepción?
 
        − Lo mismo: ¿es deseable la fuerza de carácter? Entonces, siendo así, la Humanidad debe ser educada en un ambiente que la obligue a atacar duras pruebas y a reaccionar cuando llegue la decepción.
 
        Las respuestas, rotundas, no desanimaron al mordaz Eliseo.
 
        − ¿Y qué puedes alegar sobre el dolor? Tú lo has experimentado con creces. ¿Era necesario? ¿Es justo?
 
        El rostro del Galileo se endureció fugazmente.
 
        − Tú deseas la felicidad, ¿verdad?
 
        − Más que nada en este mundo! − estalló mi hermano, recobrando el temple.
 
      − Entonces − sentenció sin posibilidad de apelación − deberás vivir en un mundo en el que la alternativa del dolor y la probabilidad del sufrimiento sean posibilidades experienciales siempre presentes. Las tribulaciones son la mejor fuente de sabiduría para los mortales. En verdad, en verdad os digo que no se puede percibir la realidad espiritual si antes no se ha sentido por la experiencia. Y muchas de esas verdades sólo se intuyen y comprenden en mitad de la adversidad... En cuanto a mi propio sufrimiento, en nada se ha diferenciado del de muchos otros mortales. Cuando alguien yace por causa del dolor, yo, o mis ángeles, estamos allí...
 
        − Para qué?
 
        La ingenuidad de Eliseo debió conmover al Maestro. Le sonrió y, alzando el rostro hacia el celeste del cielo, replicó:
 
        − Aunque el enfermo no lo perciba con claridad, con el único fin de recordarle que, como yo hice, debe abandonarse en las manos del Padre. Os lo he dicho: nada en el reino de nuestro Padre es causa del azar.
 
        − El Padre! − esta vez tomé yo la iniciativa − ¡Hablas tanto de Él!... Pero, de verdad, Maestro, ahora que no nos escucha nadie, ¿qué es el Padre?
 
        Jesús soltó una carcajada.
 
        − ¿De veras crees que no nos escucha nadie?
 
        Como dos tontos, Eliseo y yo paseamos la vista a nuestro alrededor.
 
        Sin perder aquella espléndida sonrisa, el Señor movió la cabeza, rindiéndose ante nuestro candor.
 
        − Tú amabas al tuyo − apuntó con aquel especial brillo que irradiaba cuando se refería al Padre − Eso te permite aproximarte un poco, sólo un poco, a la magnífica realidad de nuestro ver-da-de-ro Padre.
 
        Intencionadamente fue separando las sílabas.
 
        − El Padre Universal no es un ser humano, con largas barbas blancas, como a veces lo pintan sus criaturas. Pero el ejemplo es válido. Él es el Dios de toda la creación. La ´causa-centro-primera` de todas las cosas y de todos los seres. Debéis pensar en Él como un creador. Después como un controlador. Por último, como un apoyo infinito. La verdad sobre el Padre Universal empezó a despuntar sobre la Humanidad cuando el profeta dijo:
 
´Tú, Dios, estás solo y nadie hay a tu lado. Tú has creado los cielos y los cielos de los cielos con todos sus ejércitos. Tú los preservas y tú los controlas. Es por los Hijos de Dios que los universos han sido hechos. El Creador se cubre de luz como de un ropaje y extiende los cielos como un manto.`
 
Todos los mundos iluminados reconocen y adoran al Padre Universal, el autor eterno y el sustento infinito de toda la creación. En innumerables universos, criaturas dotadas de voluntad han emprendido el largo, muy largo, viaje hacia el Paraíso y la lucha fascinante de la aventura eterna para alcanzar a Dios, el Padre. Las criaturas que conocen a Dios no tienen más que una ambición suprema, un único y ardiente deseo: el de parecerse en su propio mundo a lo que Él es en su perfección paradisíaca personalizada...
 
        − ¿Mundos iluminados, dices? − Eliseo, pendiente de la mínima, descendió a un plano más prosaico − ¿Es que hay vida inteligente y organizada fuera de la Tierra?
 
        Le vi dudar. Tomó un manojo de aquella fresca hierba y, arrancándolo de raíz, lo mostró, preguntando:
 
        − Decidme: ¿qué es más importante: esto o vosotros?
 
        Ninguno de los dos nos atrevimos a responder. Él lo hizo por nosotros:
 
        − Ante nuestro Padre, vosotros, sin lugar a dudas. ¿Creéis entonces que el Padre puede permitir que la hierba sea más numerosa que su prole?
 
        − No has respondido a mi pregunta, Señor: ¿qué es el Padre?
 
        − Lo he hecho, Jasón...
 
        Acarició los verdes y jugosos tallos, mordisqueando uno de ellos.
 
       − ...Pero os pondré un ejemplo. Hace miles de millones de ´eones` de tiempos, el primer Inteligente que alcanzó la conciencia de sí mismo entró en el no-tiempo, después de experimentar un proceso que también duró miles de millones de ´eones` de tiempos. En el mismo instante de la transición al no-tiempo supo que, con ello, iniciaba un largo camino de realización absoluta de sí mismo que 3 igualmente se prolongaría miles de millones de ´eones` de tiempos, en espera de que las humanidades en camino llegasen a formar parte de Él. Y aquel Ser pensó:
 
´Yo seré vuestra meta, aunque me ignoréis. Yo seré vuestro propósito, cuando tan sólo me sospechéis. Yo seré vuestra imagen cuando creáis en mí. Yo sólo seré Dios cuando vosotros seáis un todo conmigo: cuando lleguéis a ser Dios conmigo. Y juntos volveremos a empezar un proceso más allá del no-tiempo, pues el tiempo habrá perdido su razón de ser.`
 
        Quien esto escribe − debo confesarlo humildemente − no logró asimilar esta supuesta parábola.
 
        − Y tú ¿qué nombre le das al Padre? -Eliseo no retro cedía ante nada . Porque, según creo, tú también eres Dios... ¿Cómo se entiende este galimatías? Siendo Dios, ¿por qué el Padre es más que tú?
 
Pero el Maestro tampoco era de los que atrancaban...
 
        − Responde primero a una pregunta: ¿crees que podrías beberte el agua del yam?
 
        − No, Maestro...
 
        − Pues nuestro Padre es un lago al que se olvidaron de cercar.. No te empeñes en comprender la naturaleza de Dios: ¡siéntela! Los nombres que las criaturas le atribuyen dependen de la forma con que ellas conciban al Creador. La ´causa-centro-primera` del universo nunca se ha revelado por su nombre: sólo por su naturaleza. Al Padre le da lo mismo cómo le llames. Él no impone ninguna forma de reconocimiento, ni de culto oficial, ni de adoración servil a las criaturas dotadas de inteligencia y voluntad. Lo importante es que, en lo más hondo de vuestros corazones, le reconozcáis, le améis y le adoréis.... voluntariamente. El Creador rehúsa ejercer una prepotencia en el libre arbitrio espiritual de sus criaturas materiales y, mucho menos, forzarlas a la sumisión...
 
        − Pero las religiones...
 
        − ¿Sabéis cuál es el don más precioso del hombre? − nos interpeló, posando su penetrante mirada en uno y otro, alternativamente.
 
        − La libertad − esgrimí con no demasiada seguridad.
 
        − La consagración amorosa de la voluntad humana a la del Padre. De hecho, hijos míos, es el único don válido que el hombre puede ofrecer a Dios.
 
        − ¿Quieres decir que no podemos ofrecer nada más?
 
        − El hacer la voluntad de nuestro Padre lo es todo. En Él, los humanos viven, se mueven y tienen su existencia. Ése es el verdadero culto, que satisface plenamente la naturaleza del Padre Creador, dominado por el amor.
 
        Elíseo volvió a la carga.
 
        − Y tú, Maestro, ¿cómo le llamas?
 
        − Te lo he dicho: abbá.
 
        Aquella palabra aramea venía a significar ´papá`: el más entrañable de los vocablos que, por cierto, jamás era utilizado por los judíos cuando se referían a Dios.
 
        − En espíritu – continuó − todos los nombres otorgados a Dios guardan idéntico significado, aunque, en palabras y símbolos, cada una de las denominaciones expresa el grado y la profundidad con que el Padre es entronizado en el corazón de sus criaturas...
 
        − Y por ahí − mi hermano señaló al cielo −, ¿cómo le llaman?
 
        El rabí sonrió de nuevo.
 
       − Cerca del centro del universo de los universos, el Padre Universal es generalmente conocido bajo nombres que vienen a significar la ´Causa-Primera`. Más allá, en el exterior, en los universos del espacio, los términos empleados para designarlo coinciden con el de ´Centro Universal`. Más lejos, en la creación estrellada, es conocido por ´primera causa creadora` y ´centro divino`. En una constelación vecina a la vuestra, Dios es llamado ´el Padre de los universos`. En otra: el ´Apoyo infinito`. Hacia oriente recibe el nombre de ´Divino Controlador`. También ha sido calificado como el ´Padre de las luces`, el ´Don de la Vida` y el ´único Todo poderoso`.
 
        El ´Universo de los universos`, los ´universos del espacio`, la ´creación estrellada`... Aquello escapaba a mi corto conocimiento. Hubiera deseado preguntarle sobre tan magna creación, pero, honradamente, las fuerzas me abandonaron. Elíseo, en cambio, continuaba despierto y dispuesto...
 
        − Antes has mencionado el Paraíso. ¿Existe en realidad o se trata de otra bella metáfora?
 
        − Vosotros lo asociáis a un lugar pleno de felicidad y no estáis equivocados. Pero mientras permanezcáis sujetos a la carne, jamás podréis aproximaros siquiera a su magnífico e inmenso esplendor.
 
        Eliseo, inasequible al desaliento, insistió:
 
        − Te atreverías a definirlo en cuatro palabras?
 
        − Centro de gravedad absoluta. O, mejor, isla nuclear de luz.
 
        − Dios mío! − exclamó mi hermano − Luego es cierto!...
 
        Y antes de que Jesús acertara a proseguir, fue directamente al grano:
 
     − Muchos seres humanos piensan que, al morir, entrarán de lleno en el Paraíso. ¿Están equivocados?
 
        − Querido amigo, el hombre es como un niño: posesivo, inconsciente y atado únicamente al mundo cercano que le rodea. Ya te he dicho que la carrera hacia la Perfección, hacia el Paraíso, o, si lo prefieres, hacia nuestro Padre, exige una dilatada preparación en otras ´moradas`...
 
        − Entonces, ¿cuándo veremos a Dios cara a cara?
 
        − A veces − se lamentó el Resucitado − parecéis ciegos... ¿Por qué le buscas fuera si Él te ha regalado parte de su esencia?
 
        Mi compañero − a juzgar por la expresión de su rostro − no le comprendió.
 
        Él ha dicho:
 
        ´Vosotros no podéis ver mi rostro, ya que ningún mortal puede verme y vivir.`
 
Pues bien, yo os digo que ningún ser material podría contemplar el espíritu de Dios y preservar su existencia terrestre. Es impo-sible a los grupos inferiores de seres espirituales y a todos los órdenes de personalidades materiales captar la gloria y el resplandor espiritual de la presencia de la personalidad divina. La luminosidad espiritual de esa pre-sencia del Padre es una luz que ningún mortal puede soportar, que ninguna criatura material ha visto y que no podrá ver.
 
        − En resumen − le manifestó en su honesta simplicidad −, que después de la muerte tampoco le veremos...
 
        − Hijo mío, en la inmensidad de la creación, Dios no trata directamente con las personalidades dotadas de voluntad. Lo hace de otras maneras: como te he dicho, ´instalándose` en lo más íntimo de cada ser y a través de un vasto circuito de personalidades celestes.
 
        − Te das cuenta de lo que acabas de exponer?
 
        Supongo que aquella perplejidad en el rostro del Maestro fue simulada.
 
        − Si no te he entendido mal − prosiguió Eliseo −, Dios se ´instala` en cada uno de nosotros...
 
        El Señor no tenía prisa en responder. Se concedió unos segundos, multiplicando así la ansiedad de mi hermano.
 
        − Ésa, mi pequeño curioso, es la más grande verdad que podrás escuchar de mis labios.
 
        Y desplazando sus ojos hacia mi persona, subrayó:
 
        − Tu hermano lo sabe: la falsedad no puede anidar en mi alma. Y yo te di-go que cada criatura mortal dotada de inteligencia y voluntad recibe, direc-tamente del Padre, una ´chispa` de Él mismo, enviada desde el Paraíso y que vive en el órgano mental de los mortales, ayudándolos a desarrollar su alma inmortal, destinada a sobrevivir por toda la eternidad. La presencia de este ´ajustador divino` (así podríamos calificarlo) en la mente humana es revelada merced a tres fenómenos experienciales: a la aptitud intelectual para conocer a Dios, a la necesidad espiritual de encontrarle y al intenso deseo de toda personalidad de parecérsele.
 
        Fue como un chispazo. De pronto creí entender la famosa frase bíblica: ´hecho a su imagen y semejanza`. Y el Maestro, captando ´mi` hallazgo, se revolvió como un ciclón.
 
        − Así es, Jasón! Y en verdad te digo que en todas vuestras aflicciones, Él se aflige. En todos vuestros triunfos, Él triunfa en vosotros y con vosotros. Su divino espíritu es realmente una parte de vosotros, aunque la inmensa mayoría de los humanos jamás llegan a descubrirlo.
 
        − Ajustador divino... ¡Me gusta tu definición!  − Eliseo, poco amante de rodeos, le disparó a quemarropa − : Si es como dices, Señor, si cada ser humano recibe esa ´chispa` del mismísimo Dios, ¿qué sucede con aquellas criaturas que no llegan a nacer? Tú no ignoras que ayer, hoy y ´mañana`, el aborto provocado es una realidad...
 
        Al mencionar la palabra ´aborto`, la faz del Maestro se oscureció. Mi hermano, conociéndole como le conocía, debió de creer que lo tenía atrapa-do.
 
        − Mira a tu alrededor. ¿Qué ves?
 
        − No sé..., campos florecientes, colinas hermosas, un lago...
 
        − Dime ahora: ¿crees que todo eso es consecuencia de la casualidad?
 
        Eliseo no dijo nada. Como yo, tenía sus dudas.
 
      − Os lo he repetido: la Creación entera es obra de nuestro Padre. El maarabit no soplaría, las mieses no maduraran y las tilapias no alimentarían a los hombres si Él no lo hubiera deseado. Todo obedece a un orden, basado en el amor. Cualquier profanación de ese orden repercute en el resto. En consecuencia, incluso por puro egoísmo personal, las criaturas humanas deben respetar las leyes de la Naturaleza. ¿Creéis de verdad que nuestro Padre está sujeto al error? Sus leyes son fruto del amor. Y os aseguro que el amor es la única moneda válida en el universo, imposible de falsificar...
 
        − Si el Padre es amor − tercié en la conversación −, ¿por qué consiente el mal?
 
        − El mal, mi atormentado amigo, es un concepto relativo. El mal potencia¡ es inherente al carácter necesariamente incompleto de Dios, como expresión de la infinidad y de la eternidad limitadas por el espacio-tiempo. El hecho del elemento parcial, en presencia del total perfeccionado, constituye la relatividad de la realidad. En todo el universo, cada unidad es considerada como una parle del todo. La supervivencia de la fracción depende de la cooperación con el plan y la intención del todo, del deseo sincero y del consentimiento perfecto de hacer la divina voluntad del Padre. Si existiese un mundo evolucionario sin error, sin posibilidades de juicios imprudentes, se-ría un mundo sin inteligencia libre. En mi universo hay mil millones de mundos perfectos, con sus habitantes perfectos, pero es preciso que el hombre en evolución sea falible, si de verdad desea ser libre. Es imposible que una inteligencia libre y sin experiencia sea uniformemente sabia a priori. Pero no confundáis error con pecado. La posibilidad de juicio erróneo só-lo se vuelve pecado si la voluntad humana asume y adopta conscientemen-te un juicio inmoral intencional.
 
        − Según esto − enlacé con sus explicaciones −, creer que las desgracias son enviadas por Dios puede ser una absoluta estupidez...
 
        − Más que una estupidez, Jasón, una consecuencia de la ceguera humana. El Dios eterno es incapaz de sentir la cólera o de castigar a sus hijos. Ésas son emociones humanas, vulgares y despreciables, indignas de ser llama-das humanas y, mucho menos, divinas.
 
        Hacia las once de la mañana, las primeras rachas del viento del oeste − el maarabit − se dejaron sentir sobre la colina. Los cabellos y la túnica del Hombre se agitaron y, tal y como preveíamos, la temperatura ambiente se elevó notablemente. A los pocos minutos, tanto Eliseo como yo empezamos a transpirar copiosamente. Ambos nos percataríamos en seguida de otro singular fenómeno: a pesar del sofocante calor, igual para todos, la epidermis de Jesús se mantuvo seca y lozana, sin el menor indicio de sudor Ni su rostro, cuello, axilas o palmas de las manos presentaron atisbo alguno de refrigeración cutánea. Mientras la negra túnica de Eliseo, o la mía, termina-ron por pegarse a los cuerpos, la del Galileo siguió suelta e impecable. A lo largo de la conversación, mi compañero hizo un disimulado gesto con los ojos, señalándome la parte superior del cayado, con el claro propósito de que procediera a un ´chequeo` del organismo del Resucitado. Reconozco que fue un fallo o una negligencia. Pero, sinceramente, me sentí incapaz de ´espiarle` en aquellos momentos. Sus palabras me interesaban más que todos los análisis médicos juntos.
 
        Jesús, al captar mi silenciosa negativa, lo agradeció con una mirada que encendió mis entrañas. Y aguardó la siguiente pregunta. Era curioso. En mis ratos de soledad me había entretenido en levantar una torre de pregun-tas. Ahora, en cambio, frente a Él, no se me ocurría ninguna.
 
        Mi hermano, de mente más ágil, sí estaba dispuesto a ´exprimir` a nuestro singular interlocutor.
 
        − ¿Por qué no nos hablas un poco más de ese Paraíso?
 
        El Maestro se encogió de hombros.
 
      − Lo haré, si así lo deseas, pero será como si vosotros trataseis de hacer comprender a mis pequeñuelos de hoy el sentido de vuestra misión... Antes deberían conocer otras muchas cosas.
 
        Suspiró profundamente y, durante unos segundos, se entretuvo – supongo − en la búsqueda de las palabras adecuadas.
 
        − El Paraíso o la isla nuclear de luz se deriva de la Deidad, aunque no pue-de decirse que sea una Deidad. Las creaciones materiales no son sólo una parte de la Deidad: son una consecuencia. Podríamos decir que, sin califica-ción especial, es el Absoluto del control material-gravitacional, por la ´causa-centro-primera`. Esa inmensa ´isla`, cuyas dimensiones no podríais concebir con la limitada mente humana, permanece inmóvil. Es la única creación estática en el universo de los universos. La isla del Paraíso tiene un lugar en el universo, pero carece de posición en el espacio. Se trata de una isla eterna, origen efectivo de los universos físicos pasados, presentes y futuros...
 
        ¡A qué negarlo! A mitad de la explicación había vuelto a ´perderme`.
 
       − El Paraíso es un término que incluye los Absolutos focales personales e impersonales de todas las fases de la realidad universal. El Paraíso puede implicar y reunir todas las formas de la realidad: Deidad, Divinidad, personalidad y energía espiritual, mental o material. Todo tiene al Paraíso como punto de origen, de función y de destino, en lo que se refiere a su valor, su significado y su existencia de hecho. Pero no os confundáis. La isla eterna no es un Creador. Es un controlador único de numerosas actividades universales. De un extremo a otro de los universos materiales, el Paraíso influye en la conducta de todos los seres relacionados con fuerzas, energías y potencias. Pero, en sí mismo, es único, exclusivo y aislado en los universos. No representa a nada y nada representa. No es una fuerza ni una presencia. El Paraíso es, simplemente, el Paraíso.
 
        Ni Eliseo ni yo nos atrevimos a formular comentario alguno. Era imposi-ble. Yo, como siempre, acepté su palabra. El Paraíso existe y debe tratarse de un lugar (?) inenarrable.
 
        − Y todas esas cosas − terció Eliseo con melancolía −, ¿por qué no son reveladas con claridad? Los hombres quizá encontrarían un verdadero sentido a su vida...
 
        − Hijo mío, es conveniente que los hombres no reciban una revelación excesiva...
Atónito, casi indignado, Eliseo protestó.
 
        − Ello − prosiguió el Maestro con absoluta calma asfixiaría la imaginación. El progreso exige que la individualidad se desarrolle. La mediocridad busca perpetuarse en la uniformidad. Fuera del contacto con el Padre Universal, ninguna revelación puede ser jamás completa. Porque vuestro mundo ignora generalmente el origen de las cosas, incluso físicas, se ha estimado conveniente darle, de vez en cuando, nociones de cosmogonía, pero esto siempre ha provocado confusiones. Las leyes que gobiernan la revelación limitan grandemente porque prohíben, como os ocurre ahora a vosotros, la transmisión de conocimientos inmerecidos o prematuros. La revelación es una técnica que permite economizar siglos y siglos de tiempo en el trabajo indispensable de selección y de análisis minucioso de los errores de la evolución, a fin de extraer las verdades adquiridas por el espíritu...
 
        - Pero esas revelaciones − intervino mi hermano con nerviosismo − ayudarían a la Ciencia...
 
        El Maestro negó con la cabeza.
 
       − La revelación no debe engendrar ciencia, ni tampoco religiones. Su función es coordinar a ambas con la verdad de la realidad.
 
        − Pero la Ciencia...
 
        − Vuestra Ciencia, como la de todos los tiempos, es sólo un espejo, que refleja vuestra propia imagen cambiante. Y te diré más: tanto la Ciencia como la religión están permanentemente necesitadas de una autocrítica más intrépida y de una más clara conciencia de lo insuficiente de sus respectivos estatutos evolutivos. En los dos terrenos, los educadores humanos caen con frecuencia en el dogmatismo y en un exceso de confianza en sí mismos.
 
        Mi compañero sonrió burlonamente.
 
        − Tú, Maestro, no pareces muy amante de las religiones. ¿Quién lo diría?
 
        − El sectarismo, mi querido hijo, es una enfermedad de las religiones institucionales. En cuanto al dogmatismo, una ¡esclavitud de la naturaleza espiritual. Es mucho mejor tener una religión sin Iglesia, que una Iglesia sin religión.
 
        − Eso me interesa − apuntó Elíseo, disfrutando de aquella increíble liberali-dad del Resucitado − ¿Cuáles son, en tu opinión, los peligros de las Iglesias?
 
        − En otra oportunidad hablé de esto con tu hermano. Pero lo repetiré, si ése es tu deseo. Las religiones formalistas tienden a la fijación de las creencias y a la cristalización de los sentimientos; fosilizan la Verdad; se desvían del servicio de Dios al de la Iglesia; luchan entre sí y entre los hermanos, en nombre del amor, propiciando las sectas y las divisiones; establecen au-toridades eclesiásticas opresivas; conducen al nacimiento del falso estado mental aristocrático de ´pueblo elegido`; mantienen ideas falsas y exageradas sobre la santidad; se tornan rutinarias y petrificadas y terminan venerando el pasado, ignorando las necesidades del presente.
 
        − ¡Dios mío! − se lamentó mi compañero − ¡Pero tú también formarás una Iglesia!
Un crudo silencio cayó sobre la colina. El Maestro le miró con dureza. Finalmente, señalando hacia mí con su mano izquierda, respondió sin rodeos:
 
        − Si no deseas escuchar mis palabras, escucha al menos las de Jasón. Cuando el Padre permita que me acompañes, analiza bien mi proceder. Juzga entonces en lo más íntimo de tu ser y recuerda lo que acabas de afirmar. Es importante que transmitas la verdad. Yo no vine al mundo a crear Iglesias. Sólo a dar testimonio de nuestro Padre. La naturaleza humana es débil (lo sé) e, involuntariamente, mi mensaje será trastocado, surgiendo así una nueva religión..., ´a propósito` de mi persona.
 
        Palabras proféticas las de Jesús de Nazaret...
 
        − ¿Y cuál es tu religión?
 
     − Os lo he dicho: hacer la voluntad del Padre. Entregarse generosamente al amor y a la apasionante aventura ,de la búsqueda personal de Dios. Yo no deseo credos ni tradiciones que fosilicen el alma humana. Los que acep-ten mi mensaje jamás serán dogmáticos. Son las metas (no los credos) las que deben unir a los hombres. Y la que yo os he revelado es ligera y crista-lina: llegar al Padre. Hacer su voluntad. Descansar en Él.
 
        No pude contenerme. Y saltando por encima de las muchas cuestiones que todavía almacenaba Eliseo en su insaciable e inquieto corazón, me interesé por el destino de esta Caótica Humanidad a la que pertenezco.
 
        − En verdad os digo − sentenció con los ojos radiantes por la esperanza − que el futuro del mundo es espléndido. Las tribulaciones pasarán. Y llegará el día en que los hombres olvidarán rencillas y oscuros intereses. Ese día, las naciones de la Tierra, como un solo pueblo, aceptarán el doble mensaje que os traigo: que el Padre existe y que todos sois hermanos. Vuestro destino es la luz. Y nadie os arrebatará ese derecho. Entonces, sólo entonces, hallaréis la paz. Para llegar a eso debéis aprender primero a gozar de los privilegios sin abusar de ellos, a disponer de la libertad como de un delicado recipiente de cristal que conviene manejar con delicadeza y a poseer el po-der, rehusando utilizarlo para ambiciones personales. Tales son los indicios de una ´Humanidad avanzada`.
 
        − Entonces estamos muy lejos...
 
       La insinuación de Eliseo quedó en el aire. El cinturón de seguridad en tomo a la ´cuna`, proyectado a 600 pies, había detectado un ´target`. El computador central transfirió la alerta, haciendo vibrar la conexión auditiva. Me puse en pie. Alguien rondaba o se acercaba a la colina.
 
       Con una escueta indicación fue suficiente: mi hermano comprendió que ´algo` sucedía e, incorporándose al punto, miró en silencio al extraordinario Hombre. Fue una mirada de admiración. Jesús le correspondió con un guiño.
 
           Alzó sus manos y se despidió con un lacónico: ´Id pues ... ` (...).”
 
 
 
 
 
1 - Hoy, a un nivel teórico y experimental, se sabe que, a partir de un “cuanto” de radiación electromagnética, es posible crear un par de partículas (un electrón y un positrone). Para que esto suceda, el fotón tendrá que pasar cercano de un núcleo, de modo que se cumple los requisitos de conservación de la energía y momento de esto sistema aislado. (N. Do M.)
 
 
 
 
 
 
 
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